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La estación del tren 11 dic. 2013 09:30 Plácido Guardiola Jiménez

«Cuando lo provinciano se hizo cosmopolita»


Después de muchos años he visitado recientemente la estación ferroviaria de Albacete, lugar de obligado paso en mis años de estudiante en Madrid. La encontré tan cambiada, tan distinta, que hasta me costó reconocerla como estación de transporte de pasajeros. Nada más cruzar el umbral de su entrada tuve la sensación de no saber con seguridad en qué gran superficie me haba metido por equivocación, pues las tiendas y comercios allí instalados, sus escaleras mecánicas, las cafeterías, los mini-cines al final de un largo pasillo, el enorme árbol con os regalos colgados y sus luces de navidad, todo, absolutamente todo, me retrotraía a otro lugar, a otros cometidos muy distinto al de una estación del tren.
Por ninguna parte se veían los trenes, el arcén lleno de gente que deambulaba de una parte a otra, los carretilleros que entraban y sacaban en sus carros bultos y maletas y mucho menos los mochileros con sus cestos repletos de navajas de Albacete ofreciendo tan excelente mercancía. No, ahora el aspecto que ofrecía aquel lugar era idéntico a cualquier centro comercial. Finalmente advertí el único elemento propio de una terminal de transporte de pasajeros eran dos pantallas de plasma que pendían a gran altura, como las que encontramos en un aeropuerto, donde anunciaban las próximas llegadas y salidas, pero donde ya no se puede salir al andén a ver llegar y salir o entrar a los propios trenes.
Uno de los mini-locales construidos en las dos plantas de la vieja estación han instalado una pequeña galería de exposiciones y hasta puedes perder un rato viendo las obras que temporalmente se exponen. Pero nada en aquel lugar se asemeja ya al recuerdo que yo guardo de las estaciones de tren y en todo se parecía a la vivencia de un día de compras en una gran superficie.
En un rincón de la estación dos grandes navajas a modo de escultura decorativa, tienen sererigrafiados los viejos mochileros que yo conocí vendiendo navajas a los transeúntes, como guiño cariñoso a un producto tan típico y tan tópico de esta ciudad, pero nada más. no se ven gentes tiradas en el suelo, ni dormitando junto a sus maletas por los rincones de la estación. Mucho menos aquel trasiego de unos que entraban y otros que salían. No ahora se veen parejas que compran regalos de navidad, que sacan los tiques del cine o familias con niños sentados en las mesas del macdonall. Tampoco se escuchan por megafonía que en esos instantes el tren procedente de Cartagena con destino Madrid-Atocha va hacer su entrada en el andén uno de la estación efectuando una parada de diez minutos. Tu, si quieres informarte, consulta en silencio la pantalla de plasma.


Seguramente los trenes que paran en esta estación no son aquellos desvencijados correos que tardaban ocho horas en cubrir el trayecto Hellín-Madrid. Tampoco entrará  en el aquella especie de cabinas el matrimonio de Ayna con aquel colchón de lana incluido que llevaban atado como si de un petate se tratase. Seguro que no, como también es seguro que perderás la ocasión de que te ofrezcan un trozo del excelente embutido casero que habían preparado para el viaje. Tu desplazamiento será ahora como la estación que pisas, más cómodo, cosmopolita; pero sin personalidad ni encanto. De acuerdo es menos cutre y rural que entonces; pero habrás perdido para siempre de conocer gente singular. Tampoco unas horas después, cuando llegues a Alcázar de San Juan, podrás bajar a comprar unas de las famosas tortas que hacen en el lugar. Ahora puedes ir al elegante vagón cafetería y tomarte cuanto te apetezca igual que lo harias en el centro de cualquier ciudad.

2 comentarios :

  1. Me parece inexacto que lo llames cosmopolitismo, porque es trinque. Cuanto más grande es la estación más comisiones, más contratas y subcontratas, más financiación, más guardas jurados, etc. Venga barro, que paga España.

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    1. Pues mira, ahora que lo dices, puede que lleves toda la razón ya que al usuario no le sale más barato el billete del tren porque ellos edifiquen, alquilen o vendan el espacio público que ocupaba el vestíbulo de la estación.

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