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Los valles del Aneto 1 ago 2015 15:39 Placido Guardiola

Tour del Aneto ¡Qué verde era mi valle!
Descendiendo desde  el Coth de Lunfern al  coth dera Monjoia

Los asiduos lectores habrán comprobado estos días de silencio y ausencia en los que uno tiene que desconectar para volver a reencontrarse consigo mismo. Qué mejor manera de hacerlo en un tórrido verano como este, que venir aquí a las faldas del Aneto para intentar hacer un volteo en eso que las agencias turísticas llaman ahora tour , que de ahí viene precisamente lo de turismo, es decir, de darse una vuelta por los lugares. Pues bien, como les cuento, estos días estuve intentando desconectar, subiéndome a las alturas y dando un volteo por el Aneto circunvalando el macizo de la Maladeta.
«por más que uno quiera, no deja de penetrar en las narices el hedor de todos los desaguisados políticos de los que quieres olvidarte»
En realidad, aun cuando uno quiere a estas alturas (de 1500 a 2500m), desconectar con la realidad de un país que no le gusta; sólo lo consigue a ratos, en los que el esfuerzo continuado de caminatas de más de 20 Km. y subidas acumuladas de más de 1000m, te nublan la mente de cansancio y sólo alcanzas a disfrutar de las inmensas vistas que te ofrecen las cuerdas y laderas de éstas montañas.
Digo a ratos, porque como les pienso contar en próximas entregas, el hedor de nuestro presente llega hasta estas alturas pirenaicas y, por más que uno quiera, no deja de penetrar en las narices el hedor de todos los desaguisados políticos de los que quieres olvidarte. De tal forma que, en la mañana de nuestro inicio de ruta, tras apenas tomar el primer desayuno que nos permitirá afrontar el camino, ya nos recuerdan que debemos pagar la tasa turística de estancias en Cataluña, 0,75 € por persona y noche. En ese momento pienso que será el impuesto revolucionario para contribuir a su independencia, mientras derivo mi mente a la etapa que hoy debemos afrontaro entre Uelhs Deth Joeu (lugar caprichoso por el que irrumpen las aguas que bajan del Glaciar del Aneto previamente perdidas al otro lado del valle en Forau de Aigualluts) al Hospice de France.
Subida al Coth de Lunfern
En las cercanías de Corth de Lunfern
Una densa niebla cubre todo el valle y que, desde el inicio de la marcha en los torrentes de agua que emanan en Uelhs Deth Joeu, nos acompañará incesante hasta el final de nuestro recorrido en territorio francés. Una lástima que la densa bruma no nos permita ver las vistas del valle; sin embargo nos facilita la introspección en nuestra larga y fatigosa ascensión hasta el Cort del Iferm y tras este el de Monjoia, paso fronterizo desde donde descendemos a nuestro destino.
Viendo la hermosura de las surgentes aguas cuyo origen no es otro que la nieve acumulada en las faldas del Aneto, tampoco puedo sustraer de mi pensamiento la mala suerte que nos acompaña pues, finalmente, ellas alimentarán al río Garonna corriendo por la vertiente atlántica mientras atraviesan las tierras del Rosellón que en otro tiempo fueron aragonesas y españolas. También en esto parece que somos algo gafes , con lo faltos de agua que andamos por a este lado en la vertiente mediterránea. Cosa del tratado de los Pirineos y de nuestra historia que más que nos pese, nos persigue y atrapa en el tiempo.
Hayedo en las inmediaciones del Hospice de France
«nadie se lleva nada ajeno a lo que vino a buscar y sólo el que tiene verdadero espíritu de montaña conoce que ésta no puede dar al peregrino algo que este no lleve de antemano en su mochila del alma»
El valle que subimos con sus fértiles y húmedas laderas sigue alimentando los prados donde pacen las vacas, pero sus gentes ya no viven de la ganadería; sino del un turismo creciente que se alimenta de eso que llaman deportes de montaña (alpinismo, senderismo, excursionismo, barranquismo, running, montain biki, esquí ...) Aquí, a la montaña todos acuden en busca de algo, ya sea emoción, anedralina, aventura, paisajismo, naturaleza... Sin embargo nadie se lleva nada ajeno a lo que vino a buscar y sólo el que tiene verdadero espíritu de montaña conoce que ésta no puede dar al peregrino algo que este no lleve de antemano en su mochila del alma. De ahí que si no vas preparado, con tu espíritu abierto ante todo cuanto ella te puede ofrecer termines bajando con las pocas miserias que fuiste a buscar a ella.
Así son las cosas que suceden a las alturas de estos valles, donde el aire es más limpio y la realidad más cruda. aqui en estos verdes valles que rodean el Aneto sandeces se permiten las justas.
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La estación del tren 11 dic 2013 09:30 Placido Guardiola

«Cuando lo provinciano se hizo cosmopolita»


Después de muchos años he visitado recientemente la estación ferroviaria de Albacete, lugar de obligado paso en mis años de estudiante en Madrid. La encontré tan cambiada, tan distinta, que hasta me costó reconocerla como estación de transporte de pasajeros. Nada más cruzar el umbral de su entrada tuve la sensación de no saber con seguridad en qué gran superficie me haba metido por equivocación, pues las tiendas y comercios allí instalados, sus escaleras mecánicas, las cafeterías, los mini-cines al final de un largo pasillo, el enorme árbol con os regalos colgados y sus luces de navidad, todo, absolutamente todo, me retrotraía a otro lugar, a otros cometidos muy distinto al de una estación del tren.
Por ninguna parte se veían los trenes, el arcén lleno de gente que deambulaba de una parte a otra, los carretilleros que entraban y sacaban en sus carros bultos y maletas y mucho menos los mochileros con sus cestos repletos de navajas de Albacete ofreciendo tan excelente mercancía. No, ahora el aspecto que ofrecía aquel lugar era idéntico a cualquier centro comercial. Finalmente advertí el único elemento propio de una terminal de transporte de pasajeros eran dos pantallas de plasma que pendían a gran altura, como las que encontramos en un aeropuerto, donde anunciaban las próximas llegadas y salidas, pero donde ya no se puede salir al andén a ver llegar y salir o entrar a los propios trenes.
Uno de los mini-locales construidos en las dos plantas de la vieja estación han instalado una pequeña galería de exposiciones y hasta puedes perder un rato viendo las obras que temporalmente se exponen. Pero nada en aquel lugar se asemeja ya al recuerdo que yo guardo de las estaciones de tren y en todo se parecía a la vivencia de un día de compras en una gran superficie.
En un rincón de la estación dos grandes navajas a modo de escultura decorativa, tienen sererigrafiados los viejos mochileros que yo conocí vendiendo navajas a los transeúntes, como guiño cariñoso a un producto tan típico y tan tópico de esta ciudad, pero nada más. no se ven gentes tiradas en el suelo, ni dormitando junto a sus maletas por los rincones de la estación. Mucho menos aquel trasiego de unos que entraban y otros que salían. No ahora se veen parejas que compran regalos de navidad, que sacan los tiques del cine o familias con niños sentados en las mesas del macdonall. Tampoco se escuchan por megafonía que en esos instantes el tren procedente de Cartagena con destino Madrid-Atocha va hacer su entrada en el andén uno de la estación efectuando una parada de diez minutos. Tu, si quieres informarte, consulta en silencio la pantalla de plasma.


Seguramente los trenes que paran en esta estación no son aquellos desvencijados correos que tardaban ocho horas en cubrir el trayecto Hellín-Madrid. Tampoco entrará  en el aquella especie de cabinas el matrimonio de Ayna con aquel colchón de lana incluido que llevaban atado como si de un petate se tratase. Seguro que no, como también es seguro que perderás la ocasión de que te ofrezcan un trozo del excelente embutido casero que habían preparado para el viaje. Tu desplazamiento será ahora como la estación que pisas, más cómodo, cosmopolita; pero sin personalidad ni encanto. De acuerdo es menos cutre y rural que entonces; pero habrás perdido para siempre de conocer gente singular. Tampoco unas horas después, cuando llegues a Alcázar de San Juan, podrás bajar a comprar unas de las famosas tortas que hacen en el lugar. Ahora puedes ir al elegante vagón cafetería y tomarte cuanto te apetezca igual que lo harias en el centro de cualquier ciudad.
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