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La noria 28 ene. 2013 09:38 Plácido Guardiola Jiménez

«Aguas corruptas»


Ahora cercano el 60 aniversario del funcionamiento de esta noria, me pregunto cuantas años más de giros continuos le quedan a mi viejo mecanismo y, si este, quiere seguir volteando y elevando las aguas que afluyen en la ribera de mi vida. Durante estos años ésta veterana noria ha visto fluir aguas de todo tipo, desde las limpias y cristalinas a las que contienen las heces y lodos más inmundos. Pasaron tantas aguas en estos años que, no puedo dejar de mirar el curso del canal que me alimenta aguas arriba con bastante escepticismo. Al mismo tiempo, miro con preocupación que será de los huertos que se encuentran en las tierras altas, aquellas a las que desde hace años vengo elevando el agua con mis cangilones hasta la cequia que los bordea.
Desde la experiencia vivida, mi noria no cree ya en las fuentes de procedencia de las aguas, ni siquiera de su apariencia, pues a veces las que parecen más limpias, contienen en sus entrañas los elementos más contaminantes que corrompen toda virtud vivificante de este generoso liquido. Simplemente creo que hay buenas y también malas aguas. Estas últimas, empobrecen y envenenan las tierras que inundan, esterilizándolas sin que a corto plazo la vida fértil y fecunda pueda brotar en ellas.
No tengo fe en las fuentes, en los manantiales de donde quiera que broten, pues se que hasta las más limpias se corrompen y emponzoñan en cualquier punto de su trayecto. Sobre mis lomos han pasado aguas de todo tipo, las he conocido vírgenes e inmaculadas; pero igualmente, llenas de las inmundicias más dañinas que imaginarse pueda. De ahí que la mirada de mi noria sea a estas alturas escéptica, muy escéptica, no me vale el color de las aguas para juzgar el grado de pureza y sólo la experiencia de dan los años, me permiten presagiar su estado cuando apenas se acercan a mis arcaduces.
Es ahora, al repasar tantos años rodando en aguas tan dispares, cuando siento un cierto orgullo propio, una satisfacción interna por no haberme dejado seducir por fuente ni manantial alguno, pues nunca llegué a militar ni defendí con vehemencia sus purezas. Tampoco juzgue por su color agua alguna. Me siento contenta de haber salido indemne de las aguas peligrosas y corruptas que, a pesar de haber cabalgado sobre mis cangilones, siguieron el curso dejando mis mecanismos intactos. Sólo lamento que la tecnología con la que me construyeron no fuera apta para detener su maligno curso.
En todo caso, creo en el agua, en los efectos vivificantes sobre la tierra fértil; pero se que no todas las aguas son buenas, que su bondad no se debe ni a su color, ni a su fuente.

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