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La Casta 4 oct. 2011 09:08 Plácido Guardiola Jiménez

«¿Qué hay de lo mío?»

Contaba ayer la periodista Pilar Cernuda en un informativo que, tanto Rubalcaba como Rajoy, no saben como quitarse de encima a muchos de los suyos, que acuden o les llaman con aquello de; «¿Qué hay de lo mío…?». Bien es verdad que el tema es más peliagudo en el PSOE donde de cumplirse las previsiones, en muchas provincias sólo hay garantías de salir para el número uno de la lista, con este panorama nadie acepta un segundo puesto. Complejo es especialmente para Rubalcaba el caso andaluz donde seguidores de Chavez y de Griñan se disputan los puestos de salida.
Con mejores perspectivas, las cosas en Génova no son muy distintas, Rajoy no quiere ponerse al teléfono y atender las llamadas de muchos de los suyos que, atraídos a la previsible rica miel del triunfo, quieren volver a coger potrona. Dicen que Mariano ha pedido el listado de asistencia y el de mociones presentadas durante esta legislatura para borrar algunos de las próximas listas.
La cosa es clara, un diputado de  a pie se lleva entre sueldo y complemento 3918,64 euros brutos de sueldo, más 1702,19 netos si es de fuera de Madrid. Eso, además de viajes gratis total en avión, tren o su propio automóvil que, junto a un ordenador portátil y un iPad que le entregan componen su dote. Si además preside una comisión el complemento sube otros mil euros, si es portavoz de grupo o miembro de la mesa esos complementos son mayores. En cualquier caso, un diputado sencillo, de simplemente apretar el botón en votaciones, se lleva a casa en cualquier caso más 4.500 euros al mes libres de impuestos.
No es pues de estrañar que, a pesar de la que está cayendo sobre nuestro suelo patrio, la primera preocupación de nuestra Casta política (la de uno y otro lado), sea preocuparse de qué hay de lo suyo. Nuestras leyes electorales han favorecido la creación de una casta de culiparlantes obedientes con el aparato de su partido, cuyo oficio y profesión es apretar botones y defender a quien los puso, que no a los votantes a quienes representan. Está claro que no corren buenos tiempos para perder una bicoca tan jugosa como ésta.

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