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Globalización, economía y empleo 10 dic. 2013 09:30 Plácido Guardiola Jiménez

«Tiempos de zozobra e incertidumbre»




Pocos son a estas alturas quienes dejan de reconocer que estamos asistiendo al advenimiento de un nuevo modelo de sociedad. Un nuevo modelo de sociedad que mis colegas más afamados llaman de diferente forma:  Sociedad Globalizada (siguiendo la estela de M. McLuhan), Sociedad Red o Sociedad Informacional (M. Castell), Sociedad del Riesgo (U. Beck), o Sociedad Desbocada (A. Guiddens), da igual el adjetivo que le pongamos sus efectos son coincidentes. Asistimos al nacimiento de cambiante, interdependiente que está dando al traste con las bases de la sociedad industrial, al igual que aquella termino con el orden social de la sociedad agrícola tradicional, la revolución de ahora está liquidando las viejas estructuras de la hasta hora moderna sociedad industrial.
Entre las características del nuevo modelo social emergente está la aceleración del cambio, el que todo sucede de forma vertiginosa, de ahí el riesgo, desasosiego que despierta en nosotros ese no conocer a dónde conduce todo esto, ese desbocamiento del que habla Giddens. El riesgo se hace omnipresente en nuestras vidas porque no sabemos que será del mañana, nadie está seguro de nada y los viejos valores aprendidos no valen. Tampoco vale la fe en las instituciones que regulaban el funcionamiento social, por sólidas que hasta ahora nos parecían, no te puedes fiar de los bancos, del Estado, de nada… asistimos atónitos a un derrumbe de lo que hasta ahora se nos antojaba pilar básico en el orden de las cosas. La familia, hasta ahora refugio de estabilidad emocional y vital del individuo, comienza a dejar de serlo ante el emerger de eso que ni siquiera sabemos caracterizar y denominamos Nuevas Formas de Organización Familiar donde sus elementos constitutivos han dejado de ser padre, madre e hijos. En la actualidad nos encontramos familias que están constituidas por madre e hijos, padres o madres no biológicos con hijos de otros matrimonios anteriores que conviven con los de estas nupcias, madres solteras con hijos, divorciados con ellos, homosexuales con niños adoptados, sin ellos, singles, personas que conviven… Uniones que a menudo aparecen y desaparecen con la misma fugacidad y perentoriedad con la que lo hacen el resto de las cosas, añadiendo más inseguridad e incertidumbre a nuestras vidas.
Todos hemos aprendido la lección de que el empleo vitalicio, el empleo fijo o estable protegido por una indemnización por despido antes de tiempo, comienza a ser una excepción y no la regla de normalidad. Es la receta que todas las empresas exigen a los gobiernos en cualquier parte del planeta. Flexibilidad para contratar, flexibilidad para despedir, lo que se traduce en trabajos precarios y menor cobertura ante el despido. Con esa flexibilidad las empresas pueden hacer frente a los vaivenes, cambios de gusto y tendencias de mercados tan volubles y cambiantes como la sociedad misma. Es la receta para no correr grandes riesgos de inversión financiera, eliminando los altos costos del despido. La otra gran receta empresarial de eficiencia y eficacia económica es la deslocalización de su producción a cualquier punto del mundo que ofrezca alguna ventaja competitiva, la subcontratación a terceros o simplemente la explotación del llamado tercer mundo. Con todo ello, se consigue rebajar el coste salarial y productivo, evitar el riesgo de pagar despidos y también la forma de evadir cargas fiscales e impuestos altos. Hoy eficiencia empresarial, significa correr riesgos calculados en función de las necesidades del mercado, saber de antemano que me puede costar producir las siguientes 100.000 unidades; pero ni una más.
Sus efectos en el trabajo son devastadores, reformas laborales en todo el mundo favoreciendo la precarización, des-localización de la producción, evasión fiscal de las más grandes y Estados que van a la ruina porque no pueden asumir los costos del seguro de desempleo, jubilación, sanidad y educación con una fuerza laboral cotizante cada vez más disminuida y precaria. Eso junto a unas empresas que, o no cotizan, o lo hacen en cantidades ridículas. Ese es el precio "tan caro" que pagamos por muchos productos que consumimos "tan baratos", sin darnos cuenta como consumidores que, al final, somos quienes pagamos los enormes costes de este dasaguisado.
La tercera ola explosiva de esta revolución la padece no ya la empresa o el individuo a través del trabajo; sino el propio Estado. Un Estado incapaz de hacerle frente a su déficit presupuestario ante una constante y continua disminución de recaudación. Ya no vale exprimir más a la base cotizante de los asalariados (en España supone el 80% de sus ingresos), primero porque está vías de desaparición, segundo, porque quienes todavía tienen salario están al filo de la asfixia. Mientras, la clase dirigente del Estado, los políticos, son incapaces de recortar sus derroches, prebendas, cargos innecesarios y privilegios para ayudar a reducir sus balanzas fiscales, por eso tira inevitablemente de lo más socorrido, sus funcionarios.
Hemos asistido, lo estamos haciendo y, en los próximos años, seguiremos haciendo a la reducción de las plantillas de funcionarios. No será necesario poner en la calle de forma fulminante a 50.000 funcionarios como en Grecia, pero ya hemos visto desaparecer las listas de interinidades en enseñanza y sanidad (en este último ámbito la reducción de personal es ya del 10%). Tampoco veremos reemplazar las cohortes de médicos, sanitarios, maestros y profesores que, en los años sucesivos, se vayan jubilando. Es la reducción silenciosa que se está haciendo, para mientras tanto,  ver si escampa; sin embargo, el horizonte económico no parece despejar por parte alguna.
El informe de la Comisión Europea 2012 recoge con preocupación esta reducción funcionarial que todos los países de la UE están haciendo en aras a conseguir el tan ansiado déficit cero. Ese que garantiza la sostenibilidad del propio Estado. Preocupación que, como no puede ser de otro modo, se traduce en un miedo terrible a deteriorar los servicios públicos esenciales, tanto en cantidad como en calidad. De ahí que la propia comisión advierta que eso iría en contra del espíritu de la Carta Social Europea.
En conclusión, el empleo da igual que sea privado que público, viene a destruirse, a precarizarse y a convertirse en el elemento que lejos de proporcionarnos estabilidad y seguridad es la zozobra de nuestras vidas. De las nuestras y la de nuestros hijos que no alcanzan a tenerlo. De paso también la de los jubilados que ven como corren el riesgo de perder su bien ganada pensión o esta se convierte en misero subsidio.

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