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El arte de la mendicidad 17 ago. 2010 17:27 Plácido Guardiola Jiménez

«Mendicidad callejera»


Pululan por nuestras ciudades toda una multitud de «artistas» de la más variadas ramas que distraen, entretienen y hacen más agradable el transito de los viandantes. La mayoría toca algún instrumento musical amenizando con sus sones el ambiente urbano, otros en cambio, más del arte escénico que del musical, guardan un profundo y respetuoso silencio.
En el más absoluto de los mimetismos, semejan figuras, esculturas, personajes conocidos o famosos o terribles seres trogloditas. Allí te aparece un Charles Chaplin intentando ingerir una vetusta bota, acá una pareja de extraños seres selenitas o aquí un torero cañi que parece el novio de aquellas muñecas flamencas que se colocaban sobre el televisor. Da igual, impávidos e inmóviles permanecen horas y horas ante la mirada indiferente o curiosa de quien por el lugar pasa.



Parece como que ofrecen un singular espectáculo a cambio de unos céntimos o euros que algún viandante deposita en el bote que hay colocado ante ellos. Se diría que es el pago por su paciencia, tesón y constancia en mantener la postura a lo largo de las horas, aunque más bien se trata de la versión moderna de la mendicidad. Mendicidad del siglo XXI, donde no toleramos por cutre al mendigo harapiento o al más lastimero del cartelito con el texto: «soy padre de familia en paro con siete hijos…». No digamos ya aquel macabro del muñón en una pierna o en los dos brazos.
Seguro que pasarse horas y horas en esta guisa tiene su mérito; pero de ahí a considerarlos artistas callejeros hay un largo trecho. Más bien parece una forma de camuflar lo que no queremos ver ni reconocer por la tragedia social que encierra y que tampoco queremos llamar por su nombre verdadero mendicidad callejera.

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