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EL candi 3 ago. 2009 20:57 llanerosolitario

Desde mi casa de la huerta, en compañía de mi viejo perro, que de un ojo quedó ciego, y yo creo que no oye bien por una oreja.

Por el poco caso que me hace, por castigarme con la indiferencia, el pobre animal no entiende, que son cosas de la edad, que no se lo tomo en cuenta, que me vea por un solo ojo, y me escuche por una sola de sus orejas, que son casi diez y ocho años, y a poco que se cuide llegara a la veintena, como mozo metido en quintas y moza en edad casadera.

Aquí paso las tardes, me vengo despues de las siestas, con estos calores que hacen, no hay quien asome la nariz a la puerta, que tiene más valor una sombra que diez comidas de suegra.

Aquí me llego, para hacerle compañía y darme con el una vuelta, por el borde de la reguera madre, por los caminos y las viejas sendas, buscando ranas por el canal del agua, por el agua retenida en las arquetas.

Son muy listas las ranas, que aunque de cantar no cesan, apenas nos acercamos unos metros, callan y acechan, y mira que se lo digo veces al Candi, hay que llegar con sigilo y no en estampida como fieta pamplonesa.

Vemos la fruta ya madura y como el agricultor huertano recoge la sudada cosecha, primero fueron las brevas, despues los albercoques, luego los melocotones y ahora tocan las peras, que no sé, si es una fruta con nombre y forma de bombilla, o es la bombilla, la que toma el nombre de esta delicia veraniega.

Debajo de un pino nos paramos, se agradece la sombra que presta, es el pino árbol agradecido que no necesita delicadezas, anda el pobre apenado por que no ofrece cosecha, no te pongas triste, le comento, tampoco la da el olmo, y mira si tiene fama y nobleza.

Es el pino árbol jumillano por exclencia, tan antiguo por estos lugares como el castillo y la iglesia vieja, que seria de Santa Ana sin pinos, o del Carche y la Sierra Larga sin ellos, con toda su grandeza.

Se llama Candi mi viejo perro, Candido para más señas, asi le puse por un amigo sindicalista de largas barbas, y no pequeña la cabeza, el que tuve antes se llamó Nico, por otro viejo amigo que ya blincó los ochenta, y al que siguen llamando,Nicolás Redondo Urbieta, con ambos compartimos casa y mesa, en un lugar del Carche que es un encanto, y al que se le conoce como la cueva de los Cortezas.

Y así nos pasamos las tardes, los dos haciendo pareja, esperando que el sol se ponga asentados en una piedra, debajo de un frondoso sauce, de los que llaman falsa pimienta,- que planté junto a la valla a dos metros de la puerta - para ver las luces del castillo, que parecen antorchas de fuego encendidas, en las noches oscuras de luna nueva.

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