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El alzehimer social 9 ago. 2009 05:10 Plácido Guardiola Jiménez

«La pérdida de la identidad»

Lo terrible y monstruoso del alzehimer no es la perdida de memoria, lo que convierte esta enfermedad en trágica y crea ese vértigo en el corazón de los familiares de aquellas personas que lo padecen es la pérdida de identidad que sufren sus enfermos. Por eso viene a ser una muerte en vida, pues sin la conciencia de quienes somos, sin el reconocimiento de lo que fuimos, de quienes queremos y nos rodean realmente dejamos de ser quienes somos, es el abismo de la no existencia.
Existe también esta enfermedad que, tememos nos pueda alcanzar de forma personal o individual, en su modalidad social. Seguramente no se habían percatado de su existencia a nivel colectivo y social; pero ataca igualmente a los pueblos países y sociedades, quienes de forma análoga a un enfermo de alzehimer pierden su identidad, su memoria, el reconocimiento de los suyos y de lo que le es propio. De esa perdida de identidad social hablan ahora mucho los sociólogos esta en boca de M. Castells, U. Beck y A. quienes vienen a afirmar que está provocada por la globalización y los efectos de la información mediática. Sea como fuere, los pueblos y sociedades están en constante pérdida de sus identidades.
España es un país que ha perdido de forma muy rápida la conciencia de su identidad, de su esencia y sentido como país. Aún con todo a mi me parece más asombrosa la transformación de la sociedad jumillana, aquí hemos perdido en apenas dos décadas aquello que era más propio de nuestra identidad colectiva y forma de ser y hoy apenas nos quedan (afortunadamente) algunos tópicos en los que todavía se puede reconocer algo de lo que fuimos; pero en nuestras formas de vivir y relacionarnos apenas queda una leve sombra de lo que fuimos. Quienes contamos ya con medio siglo de existencia sabemos que poco queda de aquella jumilla agrícola, cerrada en si misma, vecinal de puertas abiertas en sus porches, austera y tenaz trabajadora.
No es añoranza, tampoco el pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor... Se que aquella sociedad constreñida y mojigata tenía que evolucionar, que la modernidad es inevitable; pero no a costa de perder la identidad y la memoria, los valores heredados de nuestros mayores y su sabiduría popular. Esas pérdidas son las que me hielan el alma, de lo demás no añoro nada

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