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De fotografos a fusileros 11 ago. 2010 18:16 Plácido Guardiola Jiménez

«El respeto a la cámara»


Todavía recuerdo cuando hacer una fotografía, además de un cierto gusto por el encuadre, necesitaba de muchos conocimientos técnicos, saber apreciar las distancias, paciencia y pensarlo dos veces antes de disparar. Había que calcular la distancia del objeto para enfocar, mirar la lectura del fotómetro para ajustar diafragma y velocidad de obturación y decidir si aquello merecía la pena gastar uno de los treinta y seis disparos del carrete. Una vez disparado muy poquitas cosas tendrían remedio o compensación en el revelado en aquel laboratorio que siempre olía a hiposulfito.



Ahora pones el enfoque automático (aunque algunas veces te enfoca las cosas más peregrinas y no lo que pretendías), la cámara en modo programa, y a disparar. No hay cuidado en una tarjeta de 16 GB caben la tira de fotos, las puedes ver al instante y decidir borrarlas si no merece mucho la pena. Al finar la cuestión es disparar, no perder el instante preciso, incluso si disparas mal el formato RAW de Photoshop te permite corregir hasta 1,5 diafragmas sin demasiados problemas.
Por eso ahora no pensamos, disparamos, ametrallamos los objetos que atraen nuestra atención, ya nadie dice aquello de: «Quietos, no se muevan miren aquí». Ni falta que hace, las velocidades de obturación andan a menos de una centésima de segundo con luz del día. De esta guisa, con el tiempo y el avance de la técnica, los fotógrafos nos hemos convertido en fusileros que salimos no a fotografiar, sino a fusilar la realidad. Es tan sencillo que ni siquiera se precisa una cámara para recoger un instante cualquiera de la vida cotidiana, el más pintao lleva en su móvil el dispositivo incorporado, nada se escapa ya del objetivo indiscreto que fija la imagen electrónicamente. Tanto, que hemos terminado por perderle el respeto a la fotografía, miren si no la pose solemne que tienen sus antepasados entre las viejas fotos familiares. Ocurría entonces que la cámara, el fotógrafo eran cosas que infundían respeto, había que pensárselo dos veces, no solo el fotógrafo, también el fotografiado que quedaría inmortalizado para la posteridad. Por tanto, había que adoptar una postura solemne. Ahora, simplemente miramos a cámara descaradamente, con indiferencia o le sacamos la lengua al objetivo en señal de descarada burla, a la cámara, al fotógrafo (muchas veces el propio sujeto que se autodispara), y a la mismísima posteridad.

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