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LAS BARBAS 11 mar. 2009 21:29 Bartolomé Medina

Si algo tienen los documentales es que dan la posibilidad de comprobar que la memoria no es otra cosa que un estado de realidad paralelo. La propia humanidad existe como tal por ese detalle. Las peleas por la ley de memoria histórica también. Sin la memoria como realidad autónoma nada sabríamos de la imaginación, y posiblemente tampoco de ciertos nacionalistas vascos y de los cuentos de hadas. Una cosa por la otra. La memoria juega, no obstante, malas pasadas cuando aparece un documento real (gráfico o fílmico). ¿Quién podía esperar que tuviéramos esas pintas? ¿Quién recordaba que aquello fuera tan cutre? Nuestra memoria todo lo edulcora y lo muele. Hasta que aparece un señor presentando en el televisor el socorrido documental, repuesto veinte veces, del golpe de estado del 23-F. Y ocurre. Acontece. Uno mira los rostros afilados, la tosquedad de los muebles, las gabardinas desgarbadas... y las barbas. Aquellas barbas luengas y frondosas, sin una sola cana, bien lavadas con champú antipiojos, barbas heredadas de la década anterior que en los ochenta se llevaban sobre la corbata. El televidente (que no oyente), que ha tenido el decoro de grabar el documental, quién sabe para qué, con su DVD grabador, congela la imagen, un abismo de extrañeza y de vértigo se abre bajo sus pies. Había olvidado las barbas.
Hoy, veintitantos años después, los mismos rostros, ya hajados, lucen lampiños su experiencia. La barba, la de verdad, la de más de diez centímetros de longitud, ya no está de moda; tan olvidada ha quedado que nisiquiera nuestra memoria ha guardado copia de seguridad de su aspecto, de ahí nuestro estupor. Pero claro, cualquiera se deja de afeitar hoy por hoy, con la que les está cayendo a los cuatro barbudos discretos que quedan sueltos. Que se lo digan al ministro Bermejo, del que se ha popularizado una imagen cinegética de sus años mozos de barbudo acorazado. Que se lo digan a Rajoy, que ha echado las canas profusamente a lo largo de sus capilares de tal manera que uno lo ve junto a su señora esposa y piensa que es su hija. Que se lo digan, en fin, al ministro Solbes, que recorta su barbilla diletante con las desdentadas tijeras de podar crisis. Definitivamente, los barbudos no están de moda. Y no lo están por dos motivos. El primero porque la barba no es postmoderna, sabe a ideología antigua. El segundo, el peor, porque el barbudo mediáticose avergüenza de sí mismo, se vuelve falso, de ahí ese estreñimiento capilar que afecta a todos los que aún se resisten al afeitado (Manuel Marín, ya retirado, es el único que todavía pasea sus capilares frondosos). Pocos barómetros sociales tan certeros como el medidor de la longitud de las barbas.
Hasta aquí, todo correcto. la memoria nos ha engañado: nos asustamos al ver las barbas de nuestra juventud, nosotros los afeitados ideológicos, los hijos pobres del nihilismo. Pero las cosas no son tan fáciles, porque en Jumilla, un pueblo perdido de la penillanura "penimanchega", las tendencias se invierten. Me explico. Cada primeros de marzo, todos los años, un grupo de jumillanos, si bien no muy numeroso, comienza a dejarse crecer la barba, sea canosa, rizada o rubia. Crecen los pelos desbocados, con ardor renovado, en una nueva primavera. ¿Vuelven los hippies? ¿Un nuevo revival? Por desgracia, el efecto dura poco, porque para mediados de abril, de forma inexplicable, ya se les ve lampiños y relucientes cual bebés. Pero, ¡sorpresa!, tornan las barbas a crecer a mediados de julio, con toda la calor, (una segunda primavera). Llega agosto y están en sazón, en todo lo suyo... sin embargo, para septiembre nada queda de este hervor. ¿Que pasa en Jumilla que contra corriente de esta carestía de pelos, ideas y valores parece avecinarse un renacimiento de la tijera sobre la cuchilla? Lo dejo en la incógnita, quizá sean los ciclos, los ritos, los trabajos y los días. Quizá no esté todo perdido y estos bausanes jumillanos, venteados pero avizor, quieran resistir al general descrédito de la barba y la frescura. Quizá nos quieran decir estos jumillanos que los extremos no son buenos; ni un empacho de ideología barata, ni un ayuno de pensamiento débil. Unas barbas estacionales, unas ideas de andar por casa, una espíritu de resistente cotidiano. O quizá no, quizá todo sea un espejismo, y la memoria, facultad juguetona y traicionera, me empañe el juicio y en realidad todo esté ya perdido. En todo caso, rendrijeros resistentes, lectores esperanzados, podemos reclamar un mes de la barba al año ante las más altas instancias, no ya por hacer que Bermejo, Sobes y Rajoy no se sientan solos, como comprenderéis, sino por no perder las buenas costumbres. Hasta otra.

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