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Rousseaunismo del siglo XXI 27 feb. 2013 11:22 Plácido Guardiola Jiménez

«Talibanes del ecologismo»



Cuando el viejo orden social mantenido durante siglos se hacia añicos en aquellos convulsos últimos años del siglo XVIII, por el advenimiento de la revolución industrial y la coetánea revolución social francesa; Rousseau, creo en su obra «Emilio o de la educación» el mito del hombre natural. Quería con ello exculpar al hombre de todos los males y desórdenes que por aquellos días de su vida observaba por doquier, necesitaba crear el mito, la utopía de que el hombre es bueno por naturaleza, recto y moral en su estado primigenio; pero que la sociedad, los malos hábitos sociales, le pervierten y conducen a veces por derroteros destructivos.
Olvidaba Rousseau que el hombre si es hombre es precisamente por ser social, porque vive en sociedad y no al contrario. Se civiliza, acepta normas, comparte y mitiga el gen egoísta que de natural tiene, precisamente al vivir en sociedad. Justo lo contrario de lo que este filósofo predica en su obra educativa. La historia nos ha demostrado en los pocos casos documentados de los llamados «niños salvajes» (aquellos que nacen y se hacen adultos en la naturaleza sin ayuda de otros congéneres), la absoluta incapacidad que estos tienen para poder integrarse a la vida social siendo ya adultos.
Ahora en el siglo XXI, ante los desastres provocados por el propio desarrollo humano, por aquello que llamamos progreso, especialmente por su impacto medioambiental, hemos creado un nuevo credo rousseánico: «La naturaleza es buena y virginal en su estado primigenio, sólo la acción del hombre la degrada». Olvidamos con ello que todo proceso que se produce en ella, especialmente la vida, tiene su impacto, produce efectos, no sabemos todavía, si estos están programados en las leyes que rigen su propia evolución.
Ignoramos que en la naturaleza, muerte y vida forman parte del mismo proceso y evolución, en un ciclo tan basto que ni siquiera hoy nuestra ciencia y tecnología alcanzan a comprender. En nuestra ignorancia más absoluta e investidos de ese ideal ecologismo salvador, tendemos a pensar de forma totalmente etnocéntrica que; nosotros, los hombres, estamos cambiando el rumbo del planeta hacia su destrucción.
Nos hacemos defensores de estas o aquellas energías a las que llamamos renovables porque, aparentemente, nos parecen más inocuas, defendemos esta o aquella especie que calificamos en peligro de extinción y nuestra limitada comprensión de algunas reglas superficiales de los ecosistemas nos conducen a pensar y posicionarnos acerca de los efectos perniciosos o benéficos de esto o aquello.
Pero, en realidad, a pesar de este bien intencionado ideario ecologista no queremos aceptar que nuestra existencia ya es impactante en el ecosistema que se desenvuelva, independientemente de que lo haga bajo las reglas de ese ideal. Comemos porque otros seres vivos mueren, si somos vegetarianos, cualquier opción de cultivo que adoptemos sucederá en detrimento de otras posibilidades, cualquier mejora en nuestra comodidad o en eso que llamamos calidad de vida, sucederá porque utilizamos más recursos y necesariamente causamos mayor impacto.Si fuésemos consecuentes, nuestro ideario ecologista se traduciría en reducir nuestro consumo, nuestra comodidad, no en otras zarandajas y bagatelas. Nuestra existencia en suma es por la no existencia de otras alternativas diferentes.
Sinceramente creo que todavía no hemos superado el impacto que tuvo en nuestras mentes infantiles la película Bamby de Disney. Nadie nos supo explicar aquella escena desgarradora en la que la mama de nuestro simpático cervatillo de cola blanca era abatida por un grupo de cazadores. Acción incomprensible, cruel y sin sentido, por otro laso, pues el guionista podía haberla hecho morir entre las fauces de un leopardo, hiena, lobo o lo que le hubiera dado la gana para alimentar a su prole. Pero no, tenía que morir simplemente por la cosa lúdica y superflua de unos aficionados a la caza. Desde entonces, nuestra mente cree que el orden de aquel alegre bosque, donde correteaban felices seres angelicales como conejo Tambor, la mofeta Flor y la cervatillo Faline… está en peligro por la maldad intrínseca del hombre cazador.
Nos compramos un electrodoméstico de alta eficiencia energética, un vehículo menos contaminante, productos biodegradables, ponemos jaulas nido para pararillos en nuestro entorno cercano o apostamos por placas solares. ¡Qué más da! Todo vale para acallar nuestras conciencias, seguimos haciendo cosas sin sentido, aunque estas vayan en contra de nuestra propia salud (como coger el coche para cualquier estupidez), creer que las placas solares no tienen impacto o es menor que otra alternativa energética, todo vale si mantenemos nuestro estatus quo. ¡Anda que no somos ecologistas nosotros…!

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