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Marcelino Camacho Abad 30 oct 2010 07:38 Placido Guardiola

«Nos veremos más veces»

Finalizaba la primavera de 1986 cuando el PCE había convocado a todos cuantos encabezamos las plataformas cívicas que propugnábamos el “No a la OTAN” en el hotel Carlton, cerca de Atocha. A aquella reunión dominical debimos acudir algo menos de cien representantes de toda España, nada más entrar en el salón del Hotel donde se iban a celebrar los debates vi por primera vez en persona a Marcelino Camacho Abad, quien por cierto recibía a todo el mundo con un saludo. “¡Hola soy Marcelino! ¿De dónde vienes?” –me dijo, añadiendo después “Buena tierra de vinos”. Por mi parte no puede reprimir el deseo de contarle que, en 1974, había sido detenido, zarandeado, golpeado y conducido a la comisaría de Puerta del Sol (hoy Presidencia Regional), por los grises, quines me tomaron por un militante clandestino de CCOO a la salida del metro de Plaza Castilla donde los suyos habían quedado para movilizarse en protesta del proceso 1001. Ambos reímos el suceso alargando nuestra conversación hasta el inicio de los debates.
A la hora de la comida, celebrada en el mismo hotel, ignoro si por casualidad o porque Marcelino lo buscó, vino a sentarse a mi vera y emprendimos una animada charla que continuo toda la comida y la sobremesa.
Debía contar en aquel momento Marcelino con 68 años y hacía poco que había dejado sus cargos sindicales y políticos, era como el mismo se definía un sindicalista y militante de base. En cuanto al propósito de aquella reunión, lo tenía claro, era el momento de aprovechar el tirón cívico que había propiciado el Referéndum sobre la OTAN, incorporando bajo unas nuevas siglas a gentes que no proveníamos del viejo PCE, como era mi caso. No en vano aquella reunión y debates fueron el embrión de lo que hoy es Izquierda Unida y todo ello estaba auspiciado por la ejecutiva del PCE. Marcelino lo transmitía con una viva ilusión y emoción del viejo luchador que no se rinde. Particularmente me convencía más su ilusión, empatía y ganas de seguir en la brecha, que todas las razones que en los debates se habían argumentado.
Marcelino, durante las horas que duro la comida y sobremesa, no dejó de contar anécdotas de su trayectoria militante y sindicalista preso en Carabanchel, lo curioso es que las contaba con una sonrisa en sus labios sin que se dejar pasar un ápice de rencor o amargura, eran simplemente gajes del oficio que él había asumido por convencimiento. Ahora son otros tiempos, me decía, tenéis que ser vosotros los jóvenes universitarios los que sigáis el rumbo afianzando las conquistas conseguidas.
Al anochecer, vino a despedirse y me dijo: “Estoy convencido que en el futuro nos veremos más veces”. No ha sido así, sin embargo, desde entonces entre mis recuerdos está la imagen de aquel hombre diminuto en corpulencia y grande de espíritu, de pelo blanco y sonrisa en los labios, de ilusión cargado y de trayectoria plena.
Si hoy me preguntasen que me pareció Marcelino, diría sin riesgo a equivocarme que un HOMBRE BUENO, no porque nos haya dejado, sino porque ya entonces me lo pareció y en aquellas horas que con él compartí me desbordó con su humanidad.
Si hay otra vida Marcelino, estoy seguro que como tu dijiste, nos veremos más veces.

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