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El Papa que no quiso morir en la cruz 12 feb. 2013 08:45 Plácido Guardiola Jiménez

«Una Santidad muy terrenal»


Ayer, todos los medios de comunicación se hacían eco de la renuncia del papa Benedicto XVI. Las cámaras salían a la calle para recoger la reacción del público ante un hecho poco habitual, tan inusual, que no sucedía desde hace 600 años, entonces, por circunstancias muy distintas a las actuales. La mayoría de las personas consultadas, por no decir casi todas, parecían encantadas con la noticia. Hasta algunas animaban a que el ejemplo de su Santidad fuera seguido por políticos y autoridades civiles.
Desde el punto de vista mundano, en la perspectiva de trabajador y funcionario de a pie, la decisión papal es la más lógica y humana en los tiempos que corren, por tanto, no es de extrañar que haya sido recibida con aplausos y beneplácito en general.
Pero resulta que, su Santidad el Papa, no es un funcionario civil al servicio del Vaticano, ni siquiera el presidente electo de ese minúsculo Estado. No, su Santidad Benedicto XVI es y significa dentro del contexto de la fe católica la representación de Jesús en la tierra, la piedra angular de la fe y, de todo ello, no creo que se pueda dimitir. Pero esta reflexión nadie parece hacerla.
En una sociedad laica como la nuestra, donde a diario borramos todo atisbo trascendente, todo ápice de entrega y sacrificio; el que el Papa renuncie por falta de fuerzas a llevar la cruz de la iglesia y sus defectos más mundanos (muy dolorosa y pesada por cierto), es de toda lógica y comprensión humana. A la hora de valorar esta decisión aceptandola con cierto regocijo, nadie piensa que todo esto es una muestra más de la laxitud de nuestro pensamiento y moral. Humanizamos con ello al último representante de la divinidad en la tierra, de modo que... ¡ Hasta el Papa se jubila! Es lo normal como todo el mundo, nos decimos.
No soy quien para juzgar las razones que han llevado al Santo Padre a tomar tan importante decisión, seguramente sólo él y el conocimiento de las causas que afligen su sufrimiento espiritual y físico, junto a su enorme amor a la iglesia, saben con certeza las razones; pero sigo pensando que por mucho que el propio Derecho Canónico contemple la posibilidad de abdicación, un Papa debe llevar la cruz de su designación hasta el final. Me quedo con Pablo VI, quien con mermadas fuerzas condujo su cruz hasta la llamada del Altísimo.
Es más, creo que nunca como ahora el mundo y la fe cristiana han estado tan necesitadas de este ejemplar sacrificio. Eso, aun cuando como débil humano comprenda las razones de Benedicto XVI y me alegre personalmente por él.

3 comentarios :

  1. Por desgracia, no es ésta una situación ni para la alegría ni para pregonar nuevos aires modernos en el Vaticano. Todo lo contrario, la dimisión de este intelectual ultraconservador aunque sincero, cuyo cuerpo ha sido dejado a merced de los buitres, y digo bien, es la prueba fehaciente de la terrible situación en la que se encuentra la sede de la iglesia católica. Si ese hombre ferreo se ha ido es proque su posición era insostenible ante los sectores más recalcitrantes de la Iglesia. Por alguna extraña razón, me acordé al oir la noticia, de García Lorca, el poeta que murió por decir que en Granada se escondía la peor burguesía de España. Benedicto XVI ha caído por pedir perdón por los pecados de la Iglesia. No, no es una noticia para alegrarse, es una triste prueba de que hoy por hoy, el poder eclesiástico no tiene solución. Vendrán más años malos.

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    1. Como tú dices, se lo comieron los buitres; pero este hombre conservador que fue descalificado y temido, precisamente por ello, desde el principio de su mandato ha dado signos en estos años de no responder a esas las expectativas iniciales con serios intentos de poner orden en casa. Lástima que como humano se haya rendido o que lo hayan devorado finalmente sin culminar la obra.

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  2. Dieciseis páginas dedica hoy El País a la dimisión papal, superando los records de páginas ocupadas con ocasión de los fallecimientos de la Princesa de Gales (13 páginas) y de Lola Flores (9 páginas).
    Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

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