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La nueva Rumasa 22 feb. 2011 08:15 Plácido Guardiola Jiménez

«Historias que se repiten»

En estos días, cuando se suceden las noticias acerca de la solvencia económica de la Nueva Rumasa, vienen a mi memoria viejos episodios que viví personalmente y que están relacionados con los protagonistas y sucesos que ahora acontecen.



Corría el año 1983 cuando Jumilla padecía una profunda crisis derivada de la situación económica por la que atravesaba la Cooperativa Agrícola “San Isidro”. El agujero creado a bancos y cajas ascendía a 2.400 millones de las antiguas pesetas. Algo más de 400 millones se habían quedado bloqueados cuando tomamos la decisión de cerrar la ventanilla de la Caja Rural de Jumilla, a los que habría que añadir otros 800 millones (en dinero contante y sonante que hubo que generar porque en caja no había un duro) que, durante los primeros siete días de nuestra dirección en dicha Entidad, retiraron sus impositores presos por el pánico levantado por certezas y rumores que corrían de boca en boca.
Precisamente esa semana, tuve conocimiento de una visita que el Sr. Ruíz Mateos, por entonces presidente del grupo Rumasa todavía no despropiado, había girado a Jumilla invitado por Juan Bernal (antiguo gerente de la Cooperativa), me contaron que el comentario de Ruiz Mateos a su anfitrión al finalizar su visita fue: “Hombre Juan, sabía que dirigías una cooperativa, pero esto es una gran bodega”. Quien me dio cuenta de todo ello añadió que quizá de haber entrado en el grupo industrial de Ruíz Mateos, podía haber evitado el crac que sufríamos; en cualquier caso semanas después, el grupo fue intervenido de madrugada por el Gobierno con un Decreto Ley sin precedentes.
Por aquellos días, varios miembros de la dirección de la Cooperativa y nuestro abogado subieron a Santander a una infructuosa reunión para entrevistarse con el director del Banco de Santander Sr. Botín (padre), a quien se le adeudaban 80 millones de pesetas con el aval personal de varios agricultores cooperativistas.
De las múltiples experiencias de aquel otoño de 1983, guardo vivo en el recuerdo una encerrona de sol a sol en las oficinas de la Caja Rural de Jumilla. Allí estuvimos Fernando Molina y Manuel Martínez Sánchez, sumando junto a un empleado, unos bocadillos y varios cafés que nos trajeron desde el bar “Central” todas las cuentas del activo y pasivo de la empresa. Tratábamos de hacernos una idea de cual era la situación real de la Cooperativa, que, a juzgar por los números, era salvable de todas, todas. Claro que aquellos números no decían que más de 600 millones adeudados por DIVISA serían irrecuperables, o que a partir de ese día los proveedores, aquellos que nos estaban facturando a 90 días, reclamarían el pago al contado o con cheque bancario conformado antes de servir la mercancía, ni tampoco que tendríamos que generar los 800 millones que huirían presos de terrora perder sus ahorros, pero estas cosas de la economía ya se saben como son.
Aprendí también entonces que una auditoria no hace mucho más de lo que hicimos en esa encerrona nosotros, sólo que además muestrea unas cuantas cuentas hasta el final para ver su veracidad y posible cobro o ejecución. De ahí que la auditoria, entonces en marcha, llegó a las mismas conclusiones que nosotros. Sólo que los auditores la cobraron y nos vendieron un plan de viabilidad por el que cobraron 12 millones de pesetas.
Por eso hoy soy conciente de las dificultades que entraña saber si una empresa en una situación de crisis tiene más activo que pasivo y si es o no solvente. La verdad es que en puridad eso, precisamente eso, que es lo que importa para evaluar la solvencia de una Entidad, no lo sabe ni Dios y, menos, en situaciones de crisis.
(Continuara...)

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