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¡Adiós a los toros! 14 jun. 2010 22:01 Plácido Guardiola Jiménez

«La arcadia feliz »



Corrida Día de la Región 1982 Calasparra


Tenemos en la actualidad un concepto deformado de la vida, dulcificado y farisaico. Nos hemos convertidos en idólatras de un ideal de vida inexistente y próximo a lo que Aldous Huxley denunciaba en su libro «Un mundo feliz».
Es un concepto de la vida parcial, pues de él hemos escamoteado apartando al olvido la muerte; como si ambos procesos no fueran la cara y cruz de la misma moneda, como si la muerte de un organismo no implicara la vida de otros. Las lonchas de lomo debidamente presentadas en una bandeja de polietileno toda ella envuelta en higiénico plástico y convenientemente refrigerada, nos hace olvidar el sufrimiento del cerdo en el matadero. Dejamos de velar dos días a nuestros muertos en casa, metiendo el difunto en la cámara del tanatorio convenientemente separada por la mampara de cristal como apartando de nosotros ese trance de dolor.
La vida y la muerte han dejado de presentarse en el discurrir de la vida cotidiana, el enfermo al hospital (allí está bien atendido), el difunto al tanatorio (las casas no reúnen condiciones), los animales que comemos, que sufren todo tipo de privacidades en vida y que son devorados para nuestra subsistencia, los mata el matadero. No vemos el trance, ese débil hilo que separa la vida y la muerte, escondemos el dolor y la vejez. De ahí que cada vez apreciemos menos el sentido real de la vida y la muerte.
Cada vez la sociedad es más laica, por eso cada vez hay menos ritos que nos ayuden en esos dolorosos trances; pues ya se sabe que los ritos son cosa de la religión. Pero llegado el momento, estamos más indefensos que nunca en ese instante. Acudimos al psicólogo olvidándonos del cura.
En estos días, beatíficos corazones creyentes en una vida de arcadia feliz en la que no existe el dolor, ni la muerte y tampoco la vejez; claman por la vergüenza de la muerte del toro en la arena. Mucho me temo que el único ritual donde la vida y la muerte se dan cita en la soledad de un ruedo, donde ese trance cuando se libra con nobleza el público pide el indulto del animal y la salida grande del hombre; también terminemos por eliminarle.

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