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El Orgullo Jumillano 21 abr. 2010 22:58 llanerosolitario

Las referencias históricas, de una u otra fuente, nos describen de manera datallada, cuales fueron los orígenes de nuestro castillo. Comenzó el enclave, siendo fortificación en las épocas del Bronce, Iberas y Romanas. Pasando posteriormente a ser fortaleza y alcázar musulmán. D. Lorenzo Guardiola Tomas, en su libro sobre la historia de Jumilla, nos hace una relación casi nominal, de todos y cada uno, de los que rigieron los destinos del castillo, y de quienes lo moraron. Nos describe el escritor jumillano, como D. Juan Pacheco Girón, Marques de Villena, se gasto una pasta gansa en hacer la torre-homenaje, hace de ello cinco siglos y medio, año arriba, año abajo. Cuenta la historia, que la hicieron de forma redondeada y sin esquinas, para que las balas de cañón del bando enemigo, pasasen de largo. No consta en dato histórico alguno que aquel gasto, estuviese acogido a planes estatales de inversiones del estado. Si parece ser que la finalidad que tuvo la construcción, fue más bien bélica que otra cosa, dada la condición de tierra fronteriza y la necesidad de defender los dominios castellanos del invasor morisco. Luego, cuando el pueblo fue expandiéndose ladera abajo, el castillo entro en una fase de abandono y olvido, junto a la ermita que tenia a su vera. Llegaron los franceses, y en su retirada en vísperas de la derrota, le prendieron fuego como si de una tea se tratara. Nuestro castillo quedó entonces casi como en sus orígenes; un motón de piedras, con algo parecido a unas paredes, en forma de patio y torre. Como cualquier castillo que se precie de serlo, éste también tuvo su leyenda, que venia a dotarlo de tesoro escondido en pasadizos laberínticos y secretos. El pueblo, falto de fortuna se hecho al monte y lo dejaron como un queso holandés; y casi acaba el pobre con sus huesos en la rambla del puente del pollo. Volvieron la democracia y la visión del hombre, que de pequeño había subido a sus mazmorras a tirarle piedras a un imaginario enemigo; aunque alguna de éstas acabara sobre la cabeza de algún crio de la pandilla. Los regidores más contemporáneos, los de apenas unas decenas de años para acá, vieron en aquellas piedras en ruinas, un motivo de orgullo común para el pueblo de Jumilla. Un icono, un emblema, algo que no tenían otros. Envidia de otros pueblos limítrofes que carecen de un monumento similar que lucir en el horizonte. Decidieron por ello que merecía la pena revivirlo – otros lo llaman restaurarlo – y aunque con muchas dificultades y no pocas estrécheces, el resultado final ahí queda. Cabe tener en cuenta a quienes esto lo han hecho posible a lo largo de la historia más reciente y en el momento actual. En el espíritu que a aquellos les motivó y les ha motivado a estos hacerlo, está respetarlo como un bien común de todos y cada uno de los jumillanos. Hoy que todo se critica, que todo lo común se desprecia y maltrata, simplemente por que te lo encuentras ahí, y piensas que como bien publico, puedes hacer con ello lo que te venga en gana. Más pronto que tarde – ojala y ande yo en el error – la turba humana que se hace llamar civilización, dará muestra inequívoca de la genética destructiva que abunda en algunas de las personas que la componen, y manifestaran tal condición. No permitamos que la historia se repita y cuidemos cada una de sus piedras como algo propio. Hagamos de nuestro castillo, legado para generaciones futuras, balcón privilegiado donde disfrutar del paisaje con el pueblo a tus pies. En un vuelo imaginario, del pájaro que por primera vez abandona su nido.

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