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La fragilidad de la memoria 19 feb. 2010 11:10 Plácido Guardiola Jiménez

«La interesada memoria histórica»
La memoria es frágil, voluble, sutil, casi etérea y, sin embargo, sin ella no tenemos identidad, conciencia y, por tanto, algo que en definitiva podamos reconocer como vida humana. De ahí que temamos su pérdida y consideremos la enfermedad de Alrzheimer como una muerte anunciada o una muerte en vida. De ahí que nada nos aterre más que nuestros seres queridos o nosotros mismos, podamos caer en manos de tan desgarradora, cruel y trágica enfermedad de nuestros días.
Curiosamente tendemos a creer que unas personas tienen mejor o peor memoria que otras, hablamos de «memorias de elefante» o de «desmemoriados». A nivel coloquial decimos tener poca o mucha, ignorando que la memoria humana es caprichosa y voluble. La psicología clínica ha demostrado que el celebro humano tiene una especial habilidad para olvidar aquellos sucesos que experimentamos como dolorosos y tristes. Por eso, nuestra memoria es dulce y antojadiza. No es por tanto, ni exacta ni objetiva, sino por el contrario, resulta ser el álbum personal de miles de estampas preferidas por su dueño.


La memoria, precisamente por la forma en que almacenamos experiencias en ella, resulta un «Bálsamo Fierabrás» ungüento mágico que todo lo cura con el que cicatrizar nuestras heridas del presente. Una película alegre, ante la tragedia que experimentamos en la actualidad. La memoria siempre es dulce, nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Si la memoria personal, la de cada uno es así, ni que decir tiene de la memoria colectiva, esa que venimos en llamar «Memoria histórica». En principio, reconozcamos que esa memoria histórica y colectiva siempre esta confeccionada por los vencedores, nunca por los vencidos. Por los poderosos, nunca por los menesterosos. Por quienes tienen los medios para divulgarla y propagarla, nunca por los desposeídos. Por los que sobreviven, nunca por los que caen en el camino.
Por todo ello, deberíamos ser conscientes de que la llamada «Memoria histórica», es siempre una memoria interesada y parcial. Es en definitiva, una específica y particular manera de mirar hacia atrás. Es más, desde hace un tiempo empiezo a sospechar, que recurrimos a la memoria colectiva no para evitar los errores del pasado, sino seguramente para perpetuarlos en un presente que no nos gusta. Nunca hasta hoy se estudió tanta historia, nunca como hoy repetimos las viejas cantinelas de siempre ¿De qué sirve, por tanto, la memoria colectiva?.
En ocasiones utilizando estos mismos argumentos que ahora utilizo aquí, hasta nos atrevemos a rehacer la «Memoria Histórica». Acaso ignoramos que no es el anhelo de hacer justicia con los olvidados lo que nos mueve a ello; sino los intereses de quienes ahora detectan el poder, los medios y los recursos.
Inevitablemente la memoria colectiva, reconoce, otorga, pregona, perdona y ensalza las cosas de unos; pero indefectiblemente olvida, castiga, silencia, castiga, ensalza y humilla, de otros. Pero siempre estos últimos suelen ser lo que en el momento de recordarlos son los más débiles y desposeídos frente al estatus quo del poder presente. La memoria por tanto, no es justa, ni objetiva, ni desinteresada.
Si me lo permiten aunque inevitablemente necesaria, nuestra memoria, la individual y la colectiva, es el ungüento mágico que como el «Bálsamo Fierabrás» de D. Quijote, esconde nuestras vergüenzas y perdona nuestros pecados

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