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JÓVENES AUNQUE SOBRADAMENTE ALETARGADOS. 23 feb. 2009 22:37 Sonia Anguix

Los niños pequeños sueñan con desempeñar los oficios de sus padres, hermanos o maestros. En la más tierna infancia, imitación e imaginación salvan las distancias que los separan del mundo formado por esos mayores que tanto los quieren. Así, la afectividad hace que, generalmente, el niño quiera ser como su padre: dedicarse a lo mismo, divertirse con las mismas aficiones…En definitiva, el niño idolatra a sus padres, hermosa consecuencia del amor filial.

Los niños son torbellinos dinámicos en constante ansia por aprender, inventar, jugar, imitar, cantar, saltar… como si su corta existencia necesitara confirmarse a sí misma mediante las huellas de la continua interacción con el medio (interacción que suele dejar mal parado algún que otro espacio doméstico).

Nuestros cachorros pronto aprenden a sacar el máximo beneficio a su carita angelical, se adaptan rápido a la sociedad materialista en la que han nacido:

-¡Qué bonico es el nene!¡Qué graciosa la nena!
-Dale otro caramelo, que llora.
-Recoge lo que ha tirado, que no quiere guardar los juguetes.
-Cambia de canal y no veas las noticias que quiere ver más dibujos.
-Déjale el móvil que quiere jugar con él.

De esta manera van postulando sus propias leyes, a saber:
1º.- Ley de atención urgente ante cualquier demanda (¿Quién dijo paciencia?)
2º.- Dotación constante de juguetes.
3º.- Ley de tenencia lícita de chupetes o afines.
4º.- Oposición total a la recogida de trastos, salvo cuando le apetezca (cosa rara).
5º.- Resistencia a la dieta equilibrada y adoración del chocolate y del salchichón (¡Pobrecico! ¡Dale un poco, que coma lo que le apetezca!)

Poco a poco van imponiendo sus exigencias a unos padres que quieren darle todo lo que ellos no tuvieron, cayendo inconscientemente en el limbo de los derechos y privilegios exentos, por supuesto, de obligaciones.

Así, con tantos juegos nos vamos cargando la imaginación y, proporcionándoles sobreatención les restamos autonomía e independencia.

Flaco favor a la educación de nuestros hijos hace la filosofía del todo lo que yo no tuve que lo tengas tú. Colmados de posesiones y privilegios van entrando en el letargo propio del que todo lo tiene. Abocados posteriormente al universo de los medios audiovisuales sin control alguno, dejan de lado la imaginación y la creatividad, que languidecen hasta desaparecer, al igual que su capacidad reflexiva.

Construyen su existencia en torno al ocio, donde su capacidad crítica y reflexiva suele cerrar por cese de actividad.

Con toda nuestra buena fe estamos olvidando que del esfuerzo y de la superación de nuevos retos se forja la madurez y valía de las personas.

Quien todo lo tiene nada valora y carece de estímulos para avanzar.

Nuestros jóvenes son nuestro futuro. Tenemos que contribuir afectivamente a su desarrollo, pero sin colmarlos de todo aquello que desean, puesto que en la vida no hay meta que se alcance sin renuncia. Sólo así, los adultos del futuro serán personas plenas, sin fisuras, capaces de impulsar y dinamizar una sociedad hacia la cualificación, la creatividad y el altruismo.

Tendemos al caos y todos seremos culpables si no contribuimos a desenmascarar a esa falsa idea de felicidad vital que nos han vendido, basada en la telebasura y en el consumismo desenfrenado.

Quien tenga oídos que oiga o, mejor, que escuche.

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