«El yelmo de D. Manbrino y el castillo encantado»
Debatía Don Quijote con el barbero de la venta, que a él se le antojaba castillo de encantamientos, si aquella bacía era el yelmo de Don Mambrino. El barbero burlado se preguntaba a los concurrentes si aquella albarda también fuese jaez de caballo. Discusión en la que terminaron entrando todos cuantos en la venta estaban, el cura, el ventero, los cuadrilleros, Fernando, Cardenio... Discusión que no llego a mayores, por las buenas artes del cura que a todos porfiaba la locura del caballero.
En parecida discusión andamos enredaos los jumillanos, pues mientras a unos el lanzamiento de uva monastrell se les antoja una brillante idea que engrandecerá nuestras fiestas, a otros se les torna una majadería.
Sin entrar en valoración y visto con distancia, el problema de nuestras fiestas es que todos somos conscientes que en la canícula de Agosto, con media España en fiestas, poca repercusión levantan. Amen de que tampoco responden a lo que todos los jumillanos desearíamos. Por tanto, no es la aportación generosa de esta idea por la peña el Ribazo, que además es de las que más se mueven por mejorarlas y engrandecerlas, por otra parte, si el lanzamiento es o no un éxito ya se verá. Unas buenas fiestas no se componen de muchas cosas, de esfuerzos repartidos en no se sabe cuantos actos, de un una ensaladilla rusa de mil fiestas, de un batiburrillo, de todo un poco. Unas buenas fiestas, lo son por el esfuerzo de todos, porque un pueblo entero se vuelca en ellas y se identifica plenamente en un mismo sentir y palpitar. Díganme Uds. en qué parte quieren que yo me sienta plenamente reconocido, si moros, si cristianos, si festival, si San Roque, si la Virgen y patrona, si su guardia, si las pruebas deportivas, si la uva o la vendimia…
En fin, queridos paisanos, yo digo como dijo en aquella diatriba el loco de D. Quijote: ...Dios todo poderoso, que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas. Pues a mi parecer era el más cuerdo en aquella diatriba, al margen de que todos, convencidos por el cura, terminaron aceptando su locura y la bacía fue yelmo y la albarda jaez de caballo
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